Ella, siempre fue aquel vendaval que logró diseminar los miedos acariciándome el alma, la conocí un día cualquiera cuando regresaba de mi trabajo, una noche después de haber trajinado sin descanso en un largo día de invierno, me sentía exhausto, sin ganas más que de tirarme en la cama y descansar en aquel viejo hotel, el edificio estaba ubicado en aquella ruidosa esquina de la ciudad.
Yo miraba el atardecer mientras intentaba relajarme, de pronto recibí una llamada, el ruido incesante de los vendedores callejeros y aquel chirrear estridente de las bocinas de los autos que aullaban como trombones de feria, me impedían escuchar con claridad una voz tenue y dulce a la vez, a pesar de las limitaciones de la comunicación pudimos hablar por par de minutos, al fin con cierto desgano y apatía decidí asistir a esa cita, no tenía otro motivo que el de ayudar a alguien a quien jamás había visto personalmente, sino únicamente por referencias lejanas.
Quedamos en encontrarnos en inmediaciones de esa conocida farmacia, al percatarme de que ella no llegaba en la hora prevista ,temí un desplante pero me lo tomé con calma, y me senté a esperar, mientras leía el poemario de bolsillo de Alejandra Pizarnik, al levantar la mirada pude notar que una persona se acercaba entre la penumbra de aquella noche, es ella pensé, la vi caminando hacia mi , sentía una extraña presencia como si nos hubiésemos conocido de toda la vida, lucía imperturbable , con su cabello recogido a la perfección y una trenza infinita que se perdía en su espalda morena, un vestido casual de jean azul, y sus zapatos Converse blancos, parecía una colegiala de mirada taciturna , nunca imaginé que se iba a convertir en el corto tiempo, en aquel amor que me marcaría el corazón a sangre y fuego.
En uno de tantos días compartidos, decidimos dar un paseo por el malecón y luego tomar un café en la zona comercial de la ciudad, es entonces cuando abordamos un autobús el mismo que nos llevaría hasta el centro histórico, fue uno de esos recorridos al interior de la urbe porteña en que siempre se hace imprescindible tener los ojos bien abiertos como una lechuza, para evitar ser presa de un atraco.
Pese a mis dudas no tuve otra opción que aceptar, personalmente habría preferido tomar un taxi, pero ella insistió, manifestando que disfrutaríamos más el recorrido mirando la ciudad de esa manera, y yo accedí , en realidad pocas veces pude decirle que no a sus pedidos y caprichos, estaba consciente del peligro que representaba recorrer esa parte de la ciudad, y más aún en autobús, yo miraba la gente pasar desde la ventana del vetusto transporte, la urbe bullía en delirio al ras de una calurosa noche de abril.
En una de las intersecciones del barrio San Juan, abordó el autobús un muchacho de unos 20 años a los sumo, su mirada reflejaba el hambre y la esperanza, ese deseo impetuoso de hacer unas monedas para llevar el pan a casa o para comprar una dosis de algo que lo ponga a volar, nadie sabe lo de nadie .. pensaba yo :: , a la final cada quien es cada cual en esta selva de cemento, era de aquellos jóvenes agoreros que suelen hacer trucos de magia con un mazo de cartas españolas mientras los pasajeros viajan concentrados en sus propias batallas cotidianas.
El muchacho nos miraba fijamente como si algo en nosotros le resultara común o tal vez conocido, unas monedas, algo de comer, en fin es lo que el chico esperaba, mientras ejercitaba sus malabares, entonces pude notar que entre sus ropas ligeras, resaltaban unas costillas puntiagudas que destacaban su flácida anatomía.
Mientras el joven agorero hacía su número de prestidigitación con sus manos algo descuidadas, yo no dejaba de anhelar en mis adentros que el recorrido termine, mi actitud era prueba fiel de mi impaciencia, mientras tanto ella apretaba fuertemente mi mano, y yo la miraba con mi ansiedad a cuestas, terminamos adentrándonos en el casco histórico de la ciudad, finalmente nos habíamos extraviado en el peligroso suburbio de San Idelfonso, pues no conocíamos bien esa ruta , yo de rato en rato la miraba, no podía distanciarme de esos ojos negros dueños de un embrujo que me transmitían siempre una paz indecible, entonces tomé su cara con mis manos y besé sus labios , aquel dulzor de su cercanía me procuraba algo de serenidad en aquel momento de incertidumbre.
Ya en la barriada yo miraba con atención como la gente se divertía entre un jolgorio de almas grises, que levitaban y aquellos pasillos sucios y sonoros que dibujaban su marginalidad, puedo decir que en medio de la noche en aquel suburbio, me sentía como completo extraño, un forastero en busca de auxilio.
De pronto el cielo se pobló de nubes negras, arreciaba una borrasca y nos bajamos del trasporte, al caminar presurosos unas pocas cuadras pudimos tomar un taxi de regreso al viejo hotel lo cual fue un gran alivio para mi, coincidimos en regresar, no pudimos concretar una charla pendiente en la comodidad de un café.
Luego de quitarnos la ropa húmeda por la lluvia, conversamos de cosas banales y tomamos una copa de coñac, mientras ella me hablaba yo no podía dejar de mirarla, y con las horas puedo decir que la amé, devorándola con la avidez de un náufrago en un banquete, luego de quedar rendidos en las delicias del amor, en la profundidad de la noche pude sentir que ella se levantó muy lentamente.
- Cariño que haces _ le dije _
-Voy al baño amor
-Está bien. contesté
Simplemente lo ignoré, había caído en un profundo sueño, al día siguiente el sol caía sobre mi rostro, lo cual me fue despertando del aletargado sueño, ella estaba allí en ese lecho de luz y yo no hacía otra cosa que contemplar su mágica desnudez que se proyectaba en la pared de la habitación.
Extendí mi brazo para tocarla, pero la sentí fría o más que eso estaba helada, inmóvil, de un sobresalto me levante y la vi recostada en el lecho, me percaté de que no respiraba y no pude identificar sus signos vitales, sus ojos estaban perdidos, como colgados en el infinito, la tomé de los brazos y la sacudí bruscamente llamándola con gran desesperación, pero no respondía, será que se había marchado de este mundo sin previo aviso, la angustia se apoderó de todo mi ser, entonces a duras penas logré llegar al baño sintiendo unas nauseas incontrolables, en segundos estaba en estado de Shock, sin saber que hacer o que decir .., al mojarme la cara y a duras penas tomar un trago de agua la cual recogí entre las palmas de mis manos, pude mirar a mi alrededor con dificultad , me percaté de que en la repisa del baño había un frasco vacío de píldoras con indicaciones, Seconal 50Mg, disponía se administré con prescripción médica, junto a el había una baraja española rota por el medio, tenía escrito al borde de la misma , en una letra poco legible y en tinta negra una frase que decía..
“Hasta siempre amor”

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